No podemos olvidarnos de Nietzsche


No podemos olvidarnos de Nietzsche

Los estudios preparatorios al Nacimiento de la tragedia nos presentan una visión del arte y de la tragedia griegas muy particulares, empezando por el hecho de que, para Nietzsche, hay dos concepciones primordiales en la cuestión del arte: lo apolíneo y lo dionisiaco.

El primero de los tres ensayos, El drama musical griego, nos presenta la visión de Dionisio principalmente; Nietzsche lo relata empezando por la descripción y comparación entre la tragedia griega y el teatro moderno, haciendo hincapié en que la tragedia griega, apoyada por la música, siendo la palabra lo más importante, tiene un mayor carácter catártico, mientras que, en el teatro moderno, lo que subleva es la música, misma que, al no estar bien acompañada por la letra, pierde su carácter.

De este modo, el artista se ve inspirado por los instrumentos que van a ser suplemento de la voz, se va a formar una obra patética y no ya energética, mientras que la música de la obra moderna invierte los papeles, rompe con el drama y con la tragedia, rompe con el carácter catártico y dionisiaco.

En el segundo ensayo, Sócrates y la tragedia, lo que nos pide Nietzsche que hay que tener en cuenta es una concepción de Sócrates que a la vez es el hombre más sabio, que por ello, me parece que a Nietzsche se le escapa, no es que sea el hombre que más conocimientos tiene, pero sí, el que más se acerca a la verdad por sabiduría y que, por lo tanto, se acerca a los hombres sabios; tal es el caso de Eurípides, quien, al parecer, escribe algunas de sus tragedias en compañía de Sócrates.

La importancia de éste ensayo versa sobre lo apolíneo, donde la dialéctica socrática nos permite dar cuenta de un orden que se establece entre la verdad y la no verdad, entre el arte mimético y lo que realmente es, lo esencial; esta diferencia rompe con todos los puntos de vista del autor poeta y de la catarsis provocada por dicho personaje, con lo que el arte se volvería un arte muy estructurado, demasiado racional y que buscaría encontrar su fundamento en la pura búsqueda mayéutica de la verdad, misma que no se puede encontrar, ya que rompería con el canon del arte.


La visión dionisiaca del mundo, nos introduce al personaje de Dionisio, un personaje que sólo se satisface a partir de los excesos, de la vida sexual, sensual, erótica, embriagante, entre otros vicios que sólo se pueden dar en una orgía perpetua; por otra parte, Dionisio, entra en competencia con Apolo, el dios de lo sereno, de lo calmado y racional, no obstante, ambos se complementan y se intercambian, uno es el otro en cuanto se disfraza de sí, es decir, ambos son el uno y el mismo que puede lidiar contra la voluntad natural, aquella que rige toda nuestra vida y que nos limita a ser sólo lo que ella quiera.

La vida es pesada, pero al ser contemplada por medio de la música dionisiaca, que se ve motivada por un simbolismo racional, apolíneo, subleva a la propia existencia y nos la aligera, crea un goce en la voluntad y nos permite ser lo menos radicales y lo menos agobiantes; simplemente, la música sin un carácter apolíneo y sin un carácter dionisíaco, nos dejaría en la vida muerta, mientras que si logra engalanarse y gustar a la voluntad, nos lleva a la muerte en vida, el mejor estado al que, en vida, se puede llegar.


Nietzsche es uno de los autores más geniales de la historia, en su concepción del arte, al hacer un retorno a los griegos, pero a los griegos trágicos y no a los filósofos, lleva al arte a debelarse como un arte lingüístico, activo y, a la vez, racional, estableciendo así un canon completamente nuevo, pero con mayoría de postulados antiguos; volver al origen mientras que se juega con el lenguaje, conjunción del mundo apolíneo y del mundo dionisiaco.

Bibliografía
Nietzsche, Friedrich. El nacimiento de la tragedia. Traducido por Andrés Sánchez Pascual. Madrid: Alianza, 2005.


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